domingo, 20 de abril de 2008

Mt 23, 1-12 Sólo tienen un Doctor, que es el Mesías

Mateo 23
(Mt 23, 1-12) Sólo tienen un Doctor, que es el Mesías

[1] Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: [2] «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; [3] ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. [4] Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. [5] Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; [6] les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, [7] ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente. [8] En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. [9] A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. [10] No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. [11] El más grande entre ustedes será el que los sirva, [12] porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».
(C.I.C 1790) La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. (C.I.C 1791) Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede ‘cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega’ (Gaudium et spes, 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete. (C.I.C 1792) El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral. (C.I.C 1794) La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo ‘de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera’ (1Tm 1,5; 3, 9; 2Tm 1, 3; 1P 3, 21; Hch 24, 16). “Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad” (Gaudium et spes, 16). (C.I.C 1785) En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos atendiendo a la Cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf. Dignitatis humanae, 14).

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