miércoles, 18 de junio de 2008

Lc 1, 46-50 Todas las generaciones me llamarán feliz

(Lc 1, 46-50) Todas las generaciones me llamarán feliz
[46] María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, [47] y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, [48] porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, [49] porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! [50] Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.
(C.I.C 971) "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48): "La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano" (Pablo VI, Marialis cultus, 56). La Santísima Virgen "es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de ‘Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades [...] Este culto [...] aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (Lumen gentium, 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, "síntesis de todo el Evangelio" (Marialis cultus, 42). (C.I.C 2097) Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la ‘nada de la criatura’, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que El ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf. Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.

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