domingo, 25 de octubre de 2009

1Co 13, 4-11 El amor no pasará jamás

(1Co 13, 4-11) El amor no pasará jamás

[4] El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, [5] no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, [6] no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. [7] El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. [8] El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; [9] porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. [10] Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. [11] Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño,

(C.I.C 1825) Cristo murió por amor a nosotros ‘cuando éramos todavía enemigos’ (Rm 5, 10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos (Cf. Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (Cf. Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (Cf. Mc 9, 37) y a los pobres como a El mismo (Cf. Mt 25, 40.45). El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: ‘La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1Co 13, 4-7). (C.I.C 1826) Si no tengo caridad, dice también el apóstol, “nada soy”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... si no tengo caridad, “nada me aprovecha” (1Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1Co 13,13). (C.I.C 1827) El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es ‘el vínculo de la perfección’ (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.