Mostrando entradas con la etiqueta mujeres dóciles maridos palabra conducta vida casta elegancia adorno peinados alhajas oro vestidos lujosos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujeres dóciles maridos palabra conducta vida casta elegancia adorno peinados alhajas oro vestidos lujosos. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2011

1Pd 3, 1-3 Que su elegancia no sea el adorno exterior

1Pedro 3

(1Pd 3, 1-3) Que su elegancia no sea el adorno exterior

[1] También las mujeres sean dóciles a su marido, para que si alguno de ellos se resiste a creer en la Palabra, sea convencido sin palabra por la conducta de su mujer, [2] al ver su vida casta y respetuosa. [3] Que su elegancia no sea el adorno exterior –consistente en peinados rebuscados, alhajas de oro y vestidos lujosos–

(C.I.C 1652) "Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación" (Gaudium et spes, 48): “Los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más” (Gaudium et spes, 50). (C.I.C 1653) La fecundidad del amor conyugal se extiende a los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural que los padres transmiten a sus hijos por medio de la educación. Los padres son los principales y primeros educadores de sus hijos (Cf. Gravissimum educationis, 3). En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida (Cf. Familiaris consortio, 28). (C.I.C 2201) La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales. (C.I.C 1654) Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.