miércoles, 11 de septiembre de 2013
Os 2, 21-22 Te desposaré en la justicia, derecho, amor y misericordia
21 Yo te desposaré
para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la
misericordia; 22 te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor.
(C.I.C 2787) Cuando decimos Padre "nuestro",
reconocemos ante todo que todas sus promesas de amor anunciadas por los
Profetas se han cumplido en la nueva y
eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser "su Pueblo" y Él es
desde ahora en adelante "nuestro Dios". Esta relación nueva es una
pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor y fidelidad (cf. Os 2, 21-22; 6,
1-6) tenemos que responder "a la gracia y a la verdad que nos han sido
dadas en Jesucristo (Jn 1, 17).
martes, 10 de septiembre de 2013
Os 2, 1 Les dirán: «Hijos del Dios viviente»
Pàginas selectas de Oseas – Joel – Amós – Jonás – Miqueas – Sofonías – Zacarías – Malaquías
Oseas - Pàginas selectas
(Os 2, 1) Les dirán: «Hijos del Dios viviente»
1 El número de los israelitas será como la arena del
mar, que no se puede medir ni contar; y en lugar de decirles: «Ustedes no son
mi pueblo», les dirán: «Hijos del Dios viviente».
(C.I.C 218) A lo largo de su
historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele
y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt
4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por
amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y
sus pecados (cf. Os 2). (C.I.C 441) Hijo
de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt
32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11;
Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2S
7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece
entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el
Rey-Mesías prometido es llamado "hijo de Dios" (cf. 1Cro 17, 13; Sal
2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que
sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel
(cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47)
lunes, 9 de septiembre de 2013
Dn 12, 1-3 Brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos
(Dn 12, 1-3) Brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos
1 En aquel tiempo,
se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu
pueblo. Será un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe
una nación hasta el tiempo presente. En aquel tiempo, será liberado tu pueblo:
todo el que se encuentre inscrito en el Libro. 2 Y muchos de los que duermen en
el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la
ignominia, para el horror eterno. 3 Los hombres prudentes resplandecerán como
el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia
brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.
(C.I.C 992) La resurrección de los muertos fue revelada
progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal
de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios
creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la
tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su
descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la
resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan: “El Rey del
mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna
(2M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios
otorga de ser resucitados de nuevo por él” (2M 7, 14. 29; Dn 12, 1-13).
domingo, 8 de septiembre de 2013
Dn 10, 9-12 Delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras
(Dn 10, 9-12) Delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras
9 Yo oí el sonido
de sus palabras y, al oírlo, caí en trance con el rostro en tierra. 10 De
pronto, una mano me tocó y me hizo poner, temblando, sobre mis rodillas y sobre
las palmas de mis manos. 11 Luego me dijo: «Daniel, hombre predilecto, fíjate
en las palabras que voy a decirte, y ponte de pie en el lugar donde estás,
porque ahora yo he sido enviado a ti». Y mientras medecía estas palabras, yo me
puse de pie, temblando. 12 El me dijo: «No temas, Daniel, porque desde el
primer día en que te empeñaste en comprender y en humillarte delante de tu
Dios, fueron oídas tus palabras, y yo he venido a causa de ellas.
(C.I.C 2259) La Escritura, en el relato de la muerte de Abel
a manos de su hermano Caín (Cf. Gn 4, 8-12), revela, desde los comienzos de la
historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia,
consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus
semejantes. Dios manifiesta la maldad de este fratricidio: ‘¿Qué has hecho? Se
oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito
seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre
de tu hermano’ (Gn 4, 10-11).
sábado, 7 de septiembre de 2013
Dn 3, 57-38 Todas las obras del Señor bendigan al Señor
(Dn 3, 57-38) Todas las obras del Señor bendigan al Señor
57 Todas las obras
del Señor, bendigan al Señor, ¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente! 58 Angeles
del Señor, bendigan al Señor,
(C.I.C 2416) Los animales
son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf. Mt 6,
16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf. Dn 3, 79-81).
También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a
los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri. (C.I.C 328) La existencia
de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama
habitualmente ángeles, es una verdad de fe. E1 testimonio de la Escritura es
tan claro como la unanimidad de la Tradición.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Dn 7, 13-14 Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino
(Dn 7, 13-14) Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino
13 Yo estaba mirando,
en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un
Hijo de hombre;él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. 14 Y
le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos,
naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino
no será destruido.
(C.I.C 440) Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le
reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre
(cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la
identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo"
(Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como
Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is 53,
10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado
más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente
después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro
ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel
que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado" (Hch 2, 36). (C.I.C 664) Sentarse a la derecha del Padre
significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del
profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio,
honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio
es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido
jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron
en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).
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