jueves, 5 de septiembre de 2013
Dn 7, 10 Miles de millares lo servían
10 Un río de fuego brotaba y corría delante de él. Miles
de millares lo servían, y centenares de miles estaban de pie en su presencia.
El tribunal se sentó y fueron abiertos unos libros
(C.I.C 678) Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Joel 3,
4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación
el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno
(cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21;
Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha
tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf. Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La
actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y
del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día:
"Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis" (Mt 25, 40).
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Ez 37, 10-14 Yo pondré mi espíritu en ustedes y vivirán
(Ez 37, 10-14) Yo pondré mi espíritu en ustedes y vivirán
10 Yo profeticé
como él me lo había ordenado, y el espíritu penetró en ellos. Así revivieron y
se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso. 11 Luego el Señor me
dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: «Se
han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestro esperanza. ¡Estamos
perdidos!». 12 Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a
abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo
mío, a la tierra de Israel. 13 Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de
ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. 14 Yo pondré mi espíritu
en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así
sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré –oráculo del Señor–.
(C.I.C 703) La Palabra de Dios y su Soplo están en el origen
del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7;
Qo 3, 20-21; Ez 37, 10): “Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y
anime la creación porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo [...] A Él se le da el poder sobre la vida, porque siendo
Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo” (Oficio Bizantino de la Horas. Maitines del domingos según el modo
segundo, Antifonas 1 y 2 (“Parakletikés”).
martes, 3 de septiembre de 2013
Ez 36, 27-28 Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios
(Ez 36, 27-28) Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios
27 Infundiré mi
espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen
mis leyes. 28 Ustedes habitarán en la tierra que yo ha dado a sus padres.
Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.
(C.I.C 715) Los textos proféticos que se refieren
directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al
corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del
"amor y de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31,
31-34; Jl 3, 1-5), cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de
Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21). Según estas promesas, en los "últimos
tiempos", el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres
grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos
y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los
hombres en la paz. (C.I.C 1287) Ahora bien, esta
plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que
debía ser comunicada a todo el pueblo
mesiánico (cf. Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo
prometió esta efusión del Espíritu (cf. Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15;
Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de
manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-4). Llenos del
Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de
Dios" (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo
de los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu
Santo (cf. Hch 2,38).
lunes, 2 de septiembre de 2013
Ez 36, 25-26 Les daré un corazón nuevo
(Ez 36, 25-26) Les daré un corazón nuevo
25 Los rociaré con
agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus
impurezas y de todos sus ídolos. 26 Les daré un corazón nuevo y pondré en
ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y
les daré un corazón de carne.
(C.I.C 368) La tradición
espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de
"lo más profundo del ser" “en sus corazones” (Jr 31,33), donde la
persona se decide o no por Dios (cf. Dt 6,5; 29,3; Is 29,13; Ez 36,26; Mt 6,21;
Lc 8,15; Rm 5,5). (C.I.C 1432) El corazón del
hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo
(cf. Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios
que hace volver a El nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos
convertiremos" (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de
nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece
ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el
pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que
nuestros pecados traspasaron (cf. Jn 19,37; Za 12,10). “Tengamos los ojos fijos
en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque,
habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo
entero la gracia del arrepentimiento” (San Clemente Romano, Epistula ad Corinthios, 7, 4).
domingo, 1 de septiembre de 2013
Ez 36, 20-22 Por el honor de mi santo Nombre
(Ez 36, 20-22) Por el honor de mi santo Nombre
20 Y al llegar a
las naciones adonde habían ido, profanaron mi santo Nombre, haciendo que se
dijera de ellos: «Son el pueblo del Señor, pero han tenido que salir de su
país». 21 Entonces yo tuve compasión de mi santo Nombre, que el pueblo de
Israel profanaba entre las naciones adonde había ido. 22 Por eso, di al pueblo
de Israel: Así habla el Señor: Yo no obro por consideración a ustedes, casa de
Israel, sino por el honor de mi santo Nombre, que ustedes han profanado entre
las naciones adonde han ido.
(C.I.C 2814) Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que su Nombre sea santificado entre las naciones: “Pedimos
a Dios santificar su Nombre porque él salva y santifica a toda la creación por
medio de la santidad. [...] Se trata del Nombre que da la salvación al mundo
perdido, pero nosotros pedimos que este Nombre de Dios sea santificado en
nosotros por nuestra vida. Porque si
nosotros vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es
blasfemado, según las palabras del Apóstol: 'el nombre de Dios, por vuestra
causa, es blasfemado entre las naciones' (Rm 2, 24; cf. Ez 36, 20-22). Por
tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo
es el nombre de nuestro Dios” (San Pedro Crisólogo, Sermo 71, 4: PL 52 402). “Cuando decimos "santificado sea tu
Nombre", pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en él, pero
también en los otros a los que la gracia de Dios espera todavía para
conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros
enemigos. He ahí por qué no decimos expresamente: Santificado sea tu Nombre 'en
nosotros', porque pedimos que lo sea en todos los hombres” (Tertuliano, De Oratione, 3, 4: PL 1, 1259).
(
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